Sociedad Patriarcal

Hola a tod@s!!  ¿Qué tal estáis?

Este mes quiero compartir con vosotr@s una reflexión surgida de un laaaaaargo debate dialéctico interno entre mi necesidad de sentirme mujer libre, aceptada incondicionalmente y la cultura social actual en la que vivimos. Es algo que me acompaña siempre y quizá ahora que soy más consciente de mi misma, de mis procesos internos en la toma de decisiones, de mis metas y condicionantes autolimitadores creo que no descubro nada cuando miro atrás y observo lo poco y lento que ha evolucionando la sociedad en sus valores más profundos . No se pueden equiparar los cambios tecnológicos y científicos vividos en los últimos tiempos con los cambios sociales.

Símil entre papá Estado e hijo Individuo Social.

La sociedad es como un hijo al que se empezó educando con un estilo de parentamiento rígido, inflexible, autoritario sin espacio para la autodefinición y autonomía sin espacio para la libertad de ser cada uno quien es, de elegir, sin libertad para formarse con aquellas fuentes de conocimiento que mejor se adaptaran las inquietudes de cada uno.

Los valores tradicionales eran los únicos aceptables y existentes (la moral religiosa católica, la doctrina política impuesta y el fútbol). Cuando cambiamos de escenario familiar con la Democracia, se regeneró la salud de nuestro individuo social, permitiéndole cosas antes prohibidas. Pudo crecer y desarrollarse mejor en sintonía con sus necesidades. Gracias a la Democracia y a lo que este gran cambio supuso, se firmó un código ético y moral, para que los ciudadanos tuviéramos unas garantías de que se cumplieran unos principios morales y éticos basados en igualdad, respeto y libertades, derechos y obligaciones para que todos pudiéramos convivir en armonía.

Esto ha sido bonito mientras lo hemos vivido. Después de un tiempo disfrutando de este marco civil, legislativo y judicial, tenemos más que pruebas de que el sistema no funciona. Quienes tenían que abogar por nuestros derechos e intereses no lo hicieron. Quienes tenían que protegernos y salvaguardarnos no lo hicieron. Parece que nuestros padres adoptivos, inexpertos, se dejaron influenciar y aconsejar por modelos educativos basados en la globalización, generalización, libre mercado, máximo beneficio, mínimo gasto (de tiempo ,dinero y energía) y la política ha dejado de estar al servicio del beneficio de los ciudadanos para pasar a ser fiel siervo del gran capital ( banca y empresarios) y del interés privado.

Nos vendieron el cambio de moneda, reforzar y unir la zona Europea para acabar con las fronteras, libre circulación de personas, ser más fuertes económicamente y más competentes, pero lo cierto es que la inmensa mayoría de los mortales no hemos disfrutado del bienestar económico que nos prometieron papá Estado y mamá Democracia en este periplo europeísta.

Siguiendo con el símil, creo que ningún padre nos planteamos al educar a nuestros hijos delegar nuestras responsabilidades como padres en sus tíos que viven en Alemania, Francia, Reino Unido… Pues esto es lo que hemos conseguido con el nuevo modelo educativo que gastamos. Unos padres que, quizá por negligencia o quizá por falta de personalidad, han acabado confluyendo e identificándose con ese otro social ajeno y extraño (ONU, Europa, G-20, Fondo Monetario Internacional, FMI ) dejando que las decisiones y los límites con sus hijos los pongan otros. Un modelo que es completamente distante emocionalmente y sin compasión a la sensibilidad y necesidades de su infante ajeno a su identidad, autoestima y autodefinición.

Es muy distinto ejercer poder/control sobre el entorno desde unos valores de igualdad, libertad de expresión, flexibilidad, respeto, amor incondicional, empatía y sensibilidad con el prójimo, aceptación, capacidad de diálogo, moralidad y ética social; que con unos valores basados en motivación de logro, amor condicionado a consecución de objetivos, competitividad, represión, resignación, desigualdad, falta de moral y ética social. Estos dos estilos de crianza son completamente incompatibles e irreconciliables porque uno favorece y desarrolla un estilo de apego seguro que hará que nuestra sociedad adulta cree infantes con una buena salud y equilibrio psicológico y emocional, el segundo creará una sociedad débil, enferma y vulnerable. Sin capacidad de elegir de forma acorde con sus necesidades, generando sumisos/ sobreadaptados con su vertiente rebelde en un extremo social y psicópatas en el extremo opuesto .

¿Y cómo queda la figura femenina dentro de esta urdimbre?

Es la pregunta que me hago al mirar en perspectiva y escuchar mis sentimientos y preocupaciones. Yo creo que relegada al último lugar. En una sociedad donde se ha asociado la figura masculina con la función de protección/seguridad económica proveyendo del sueldo al núcleo familiar, encargado de especializarse, promocionar laboralmente, crecer social/laboral y económicamente; y la figura femenina como un elemento pasivo a nivel social, dedicada a tareas relacionadas con la vida en el hogar y cuidado de hijos y personas de la familia a su cargo. Tomando como ejemplo la educación y valores que recibieron mis padres (de mis abuelos) corroboro el patriarcado en el que se criaron.

En aquella época si se aceptaba que la mujer se incorporase a trabajar era para desempeñar labores en oficios relacionados con las funciones de cuidado y enseñanza (maestras, enfermeras,) el hecho de que una mujer quisiera ser médico, ingeniera y/o especializarse en un oficio ocupando un cargo de mando y relevancia social era todo un acto de rebeldía contra las expectativas que la sociedad ponía en ella. Suponía desafiar a ese modelo de mujer sumisa, complaciente y buena moralmente. En la familia de origen de mi padre, mi abuela Palmira me transmitió a través de mi padre unos valores de figura femenina algo más flexibles y modernos porque vivieron varios años en Francia, con otra cultura, valores y pensamiento social más avanzado en un momento en que España estaba anclada en el inmovilismo. Madre de tres hijos supo buscar siempre tiempo para hacer cosas que le gustaban y le aportaban satisfacción. Mujer inquieta y alegre motivada por aprender y descubrir siempre algo nuevo. Me transmitió alegría e ilusión por crecer y hacer.

Por mi parte materna, mi abuela Mª Ángeles me transmitió valores de dedicación y entrega a la familia, unión, apoyo y arraigo. Fue una mujer generosa, complaciente, siempre dispuesta a ayudar a todo el mundo, sumisa y completamente volcada en el cuidado de su extensa familia y hogar. Madre de ocho hijos siempre atareada cosiendo ropa, amamantando bebés y cambiando pañales. Con un gran gusto por las artes plásticas, la interpretación y el canto. Amante de zarzuelas y jotas aragonesas, motivaciones que en contadas ocasiones pudo disfrutar. En reuniones y celebraciones familiares se arrancaba con alguna jota. Su gusto por el canto lo sublimó cantando en el coro de la iglesia.

Con este panorama no resulta extraño comprender que mi madre desarrollara una adaptación de personalidad neurótica con cierta tendencia a padecer depresión. Acostumbrada a volcarse también en todo el mundo (ya que es lo que ella “mamó” desde pequeña) a dedicar su tiempo a su trabajo como auxiliar de enfermería (fuera de casa), a su familia extensa y a labores domésticas sin tiempo para disfrutar, para desarrollar capacidades y motivaciones personales (dentro de casa). Además, mi padre también heredó unos valores machistas de convivencia familiar y vida marital, no incorporó en su experiencia infantil la imagen de una mujer que trabajara fuera de casa, y un padre que colaborase con la crianza de los hijos, tuvo que aprender a convivir con la conciliación familiar y el reparto de tareas en el hogar según surgían los acontecimientos.

A pesar de ello me siento afortunada de por lo menos, haber podido disfrutar en mi generación de un modelo de padre y madre que intercambiaban tareas y funciones en casa, que colaboraban en el bien común del hogar. También reconozco que este salto comportamental en rutinas diarias que se dio de la generación de mis abuelos a la de mis padres no vino acompañado de toda la carga interior necesaria para que se afianzara de forma saludable. Porque los valores y creencias de mis padres tenían sus raíces en la sociedad patriarcal de mis abuelos.

Creo que mi historia es la de muchas personas de mi generación Independientemente de que su madre trabajase fuera de casa (ocupando el puesto de enfermera, maestra, en el campo, en un taller de costura, panadería, peluquería) el cuidado y crianza de hijos y la casa recaía también con todo su peso en ellas, en la mujeres, como algo asumido en el inconsciente colectivo propio de las funciones maternas.

Con la incorporación de la mujer al mundo laboral hemos ganado dignidad e igualdad pero el marco social no ampara la igualdad 100%. Es un querer y no poder. Por un lado se hace una Ley de Conciliación de la Vida Familiar y Laboral y por otro lado tu empresa de toda la vida te sugiere que abandones tu puesto de trabajo o te embargues en un proceso judicial cuando planteas reducciones de jornada que no están dispuestos a sumir.

Es la sociedad del postureo, del aparentar que se hace, donde sale una Ley Orgánica de protección Integral contra la Violencia de Género pero desde los medios de comunicación (televisión, prensa, etc.) se publicita y vende una imagen de la figura femenina como objeto de seducción, o como modelo de referencia social de una mujer madre y ama de casa ávida por hacer tareas del hogar con el mejor producto de limpieza, que se ocupa de la alimentación de sus hijos, prepara los almuerzos más saludables y apetitosos, consigue la ropa más blanca del mundo, o come los yogures más ligeros y bajos en calorías del mercado. Me resulta indignante ver cómo nos bombardean imágenes de mujeres o partes de su cuerpo perfectamente definido, esbelto y seductor para anunciar cosméticos, anti-grasa, cremas anti celulíticas, clínicas de cirugía estética. Nuestra retina ya está acostumbrada a visualizar un culo perfecto en ropa interior o biquini, un vientre plano, pechos turgentes, una mujer comiendo chocolate, helado, lavándose los dientes… ¡Por Dios!

Es la doble moral, de cara a la galería se protege a la mujer con leyes que regulan el maltrato de género y en sus valores más profundos crecen creencias machistas, costumbres, comentarios, imágenes, lenguaje peyorativo despectivo hacia lo femenino y empoderado hacia lo masculino… Estamos impregnados por un inconsciente colectivo que nos inoculan a través de la vista, el oído y los sentidos desde que nacemos, arrojándonos de nuevo al rol de género de antaño… Esta presión a la que se nos somete a las mujeres desde el exterior (con la cultura) y dese el interior (con imágenes introyectadas de pautas de crianza sexistas de nuestros padres) provoca, a mi parecer, una mayor vulnerabilidad en el género femenino a desarrollar estructuras de personalidad neuróticas (histérica, pasiva/agresiva, obsesiva). Ya que estas estructuras se caracterizan por generar un sentimiento de no ser digno de afecto o no ser lo bastante perfecto o no estar a la altura. Haciendo que la realidad y los demás sean vividos como fuente de angustia y de culpabilidad.

Es el momento de seguir haciendo consciente el inconsciente social

Por eso ahora, más que nunca, es el momento de seguir haciendo consciente el inconsciente social, de adueñarnos de nuestras creencias y patrones comportamentales heredados para diferenciar a nuestra parte adulta y actualizada de la arcaica y heredada. Es necesario que tengamos claro quiénes somos, el tipo de personas que queremos ser, el tipo de padres, a dónde queremos llegar.

Porque los valores que vamos a vivir en pareja, familia y sociedad empiezan por nosotros mismos. Por los valores que nosotros elegimos para relacionarnos con nosotros, los otros y el mundo. El mejor legado que puedo dejar a mis hijos es la educación que les estoy dando y el ejemplo que cada día reciben de mi marido y mío en la forma de convivir desde el respeto, la armonía y el amor, la forma de resolver problemas y disfrutar en familia de la convivencia.

¿Qué pensáis vosotr@s?

Un fuerte abrazo queridos lectores, hasta el próximo mes.

Susana Palacios

 

Susana Palacios
Estudiante del Máster de Psicoterapia Humanista Integrativa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *